Ver y leer. La permanente actualidad de la caverna

Por: Tipo de material: ArtículoArtículoIdioma: Español Conjunto: Ver y leer La permanente actualidad de la cavernaTema(s): En: Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid) Número 823, Enero de 2019, 26-37Resumen: INTRODUCCIÓN: ¿Cuándo empezó la relación entre la imagen (artificial) y la palabra (escrita)? Hace ya muchos milenios, más de treinta, si nos atenemos a las ciencias paleológicas. Aunque, en verdad, tanto como lo que entonces sucedió, objeto de suposición, importa el modo en que ha sido entendido e incorporado a los saberes de que disponemos. Les resultó fácil entenderlo e incorporarlo a los investigadores que, en la segunda mitad del siglo xx, se enfrentaron con los trazos originarios ejecutados en las paredes de las cuevas (en Lascaux, en Altamira, más tarde en Chauvet, etcétera). Para aprehender los fascinantes grafismos prehistóricos, ora figurativos, ora abstractos, disponían de algunos conceptos bien asentados desde la escuela, y, así, aquéllos constituyeron espontáneamente el texto que en un lenguaje arcano transmitía un mensaje. Siglos de logocentrismo antecedían a esta hipótesis y la naturalizaban: más que pictogramas, que representaciones puntuales de lo que había alrededor (esta mujer, ese bisonte, aquel ciervo), los trazos parietales, incluso los más figurativos, eran el repertorio ideográfico gracias al cual grupos de Homo sapiens, y acaso de neandertales, consignaban en una escritura primitiva, a medio camino entre lo verbal y lo visual, un discurso sobre su mundo (Leroi-Gourhan, Le geste et la parole; Anati, Arte rupestre). Un mundo ya sin remedio humano y cultural; y, por tanto, también ilimitadamente descrito, expuesto y explicado.
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INTRODUCCIÓN: ¿Cuándo empezó la relación entre la imagen (artificial) y la palabra (escrita)? Hace ya muchos milenios, más de treinta, si nos atenemos a las ciencias paleológicas. Aunque, en verdad, tanto como lo que entonces sucedió, objeto de suposición, importa el modo en que ha sido entendido e incorporado a los saberes de que disponemos.
Les resultó fácil entenderlo e incorporarlo a los investigadores que, en la segunda mitad del siglo xx, se enfrentaron con los trazos originarios ejecutados en las paredes de las cuevas (en Lascaux, en Altamira, más tarde en Chauvet, etcétera). Para aprehender los fascinantes grafismos prehistóricos, ora figurativos, ora abstractos, disponían de algunos conceptos bien asentados desde la escuela, y, así, aquéllos constituyeron espontáneamente el texto que en un lenguaje arcano transmitía un mensaje. Siglos de logocentrismo antecedían a esta hipótesis y la naturalizaban: más que pictogramas, que representaciones puntuales de lo que había alrededor (esta mujer, ese bisonte, aquel ciervo), los trazos parietales, incluso los más figurativos, eran el repertorio ideográfico gracias al cual grupos de Homo sapiens, y acaso de neandertales, consignaban en una escritura primitiva, a medio camino entre lo verbal y lo visual, un discurso sobre su mundo (Leroi-Gourhan, Le geste et la parole; Anati, Arte rupestre). Un mundo ya sin remedio humano y cultural; y, por tanto, también ilimitadamente descrito, expuesto y explicado.